OPINIONES…

  4 MILLONES DE POBRES…

El bosque no el arbol

María del Carmen Feijoó

Socióloga, Universidad de Quilmes – Conicet
Artículo publicado en el diario Página 12, el 4 de Marzo de 2008

Es preocupante la persistencia de una pobreza que, pese a los extraordinarios logros que ha habido en su mejoramiento en el último quinquenio, ronda por arriba del 20 por ciento. Contra lo que suele decirse, no cederá sin estrategias sistemáticas para erradicarla.
El análisis predominante (a esta altura insuficiente) es tributario del planteo que muchos sostuvimos durante los ’90: la mejor herramienta para traccionar gente de la pobreza al bienestar es el crecimiento del empleo y/o el acceso al mundo del trabajo. Este proceso ha alcanzado niveles de éxito difíciles de soñar hace años reduciendo la tasa de desempleo a menos de un dígito. Seguir avanzando sobre esta línea choca con dos dificultades. Por un lado, la baja tasa de actividad de la población económicamente activa que requiere incorporar más población al mercado de trabajo. Por el otro, el salario promedio de los trabajadores, demasiado cercano al valor de la línea de pobreza. Esta situación crea enormes diferencias en el interior de la fuerza de trabajo determinadas en primer lugar por su condición de formales o “en negro” y por el sector de actividad, tipo de ocupación y capacidad de negociación de los gremios.
En síntesis, decir hoy que el trabajo es el mejor medio para sacar a la población de la pobreza es una verdad a medias, en la medida en que no tiene efecto sobre el sector de pobreza crónica autodefinido como inactivo o sobre los segmentos con ocupaciones inestables de baja remuneración.
Por último, aún los trabajadores “privilegiados” con el actual nivel de remuneración y cierta ausencia de políticas públicas no pueden resolver bien el acceso a los bienes que garantizan una vida digna: vivienda, salud, algunos componentes de educación, transporte adecuado.
Por lo tanto, es premioso enfatizar la necesidad de mantener y consolidar políticas antipobreza para los que están fuera del mundo del trabajo. Imponerlas no será sencillo: a medida en que baja la tasa de desempleo, el consenso y la legitimidad social de combate a la pobreza disminuyen. Personas de buena voluntad se sorprenden cuando visitan el conurbano bonaerense y corroboran que “la gente está muy pobre”. En este escenario, no podrían si no estarlo y la salida de esa pobreza no puede provenir sólo de la vía del trabajo. Como son racionales, cuando pueden compran electrodomésticos y otros bienes de consumo durables como el acercamiento al bienestar en entornos domésticos deprimidos y que no pueden afrontar la resolución de los grandes problemas de la vida cotidiana ya mencionados y que dependen de la acción del Estado.
Llama la atención en este contexto el papel del Ministerio de Desarrollo Social, confinado a estrategias paliativas de la pobreza y poco proactivo en la búsqueda de alternativas. Independientemente de la dificultad de obtener información en su página web acerca de la cobertura de los programas –cuestión que dificulta seriamente el análisis– su enfoque combina la visión “trabajista” de la salida de la pobreza –correcta pero insuficiente– con otra “redentorista” tributaria de ciertos estilos de trabajo social superados. El protagonismo específico de lucha contra la pobreza ha pasado a los ministerios de Trabajo y Educación, bajo la forma de programas de finalización de nivel educativo y capacitación para el mundo del trabajo.
La existencia de programas de ingresos como el Familias que van directamente a los hogares, deben tener articulaciones concretas con otras instituciones del sector público: no sólo que los beneficiarios estén obligados a “contraprestaciones” –cuestión que merecería una profunda discusión– sino que las instituciones que los atienden también tuvieran que cumplir compromisos con ellos. Por ejemplo, que en las escuelas de barrios muy pobres que tuvieran un “x por ciento” de población con cobertura de programas, los docentes y las instituciones diseñaran programas educativos específicos para mejorar el rendimiento escolar del conjunto y, especialmente, de los chicos bajo programa. Sin ello, esos programas serán sólo de “transferencias condicionadas” a los beneficiarios y limitados en su capacidad de explorar las sinergias con otros efectores del bienestar.
En la encrucijada entre la visión “trabajista” y la “pobrerista”, Desarrollo Social podría cortar el nudo gordiano convirtiéndose en una herramienta activa para incrementar la tasa de actividad de la población que, dados los niveles que alcanza la masculina, sólo podría surgir de un incremento de la salida de las mujeres al mercado de trabajo. Para ello, es clave la provisión de servicios básicos de cuidado infantil, coordinando salud y educación y manteniendo el plus de las transferencias, capacitando a las mujeres, reforzando las acciones comunitarias y diseñando una estrategia integral de incorporación al mercado en lugar del foco en la economía popular como mantiene hoy con otros programas. Ver el bosque, no el árbol, es parte de una estrategia integral de erradicación de la pobreza.

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